Madre, quiero ser de una faneguería

Madre, quiero ser de una faneguería
Madre, quiero ser de una faneguería.Si en Los Pedroches hubiera una Avenida Broadway, Madre, quiero ser de una faneguería se representaría en ella eternamente. El espectáculo inaugura género, al que podríamos llamar musical rural. Sustituyan las canciones de Abba, de Queen, de Mecano o de Lloyd Webber por las anónimas jotas serranas y ahí tenemos la representación de la que pudimos disfrutar el pasado jueves en el teatro El Silo de Pozoblanco.
 
Sobre el escenario se dan cita algunos de los mejores nombres de la cultura comarcal, y no voy a nombrarlos todos. Juan Bosco Castillacarte_obra ha escrito una obra que no es épica ni trágica, como hubiera deseado, sino bucólica. Madre, quiero ser de una faneguería es un idilio de aceituneros con final feliz. Las rivalidades amatorias sirven de marco para todo lo demás, siendo, como ocurre también en las églogas, todo lo demás lo que realmente importa.
 
El propio montaje escénico presenta una dualidad vital, enfrentando simbólicamente las vidas en el cortijo de la familia zoleja y en el cortijo de la faneguería. En el primero conocemos a los personajes, con sus nombres y sus azares. En el segundo, en cambio, los personajes son anónimos, un coro, una masa sin más protagonismo que el colectivo. Como en la vida misma. De hecho, en la obra teatral sólo hay dos personajes realmente dibujados, y lo están a la perfección: el padre y la madre, dueños “de casi mil olivos”, dos tipos tan reconocibles, tan nosotros, que hubiera sido fácil rebasar la caricatura o no llegar siquiera al perfil. Con Manuel (Luis Ballesteros) y María (Amadory Redondo), sin embargo, todos nos sentimos plenamente identificados, gracias fundamentalmente a dos circunstancias: estar sus papeles interpretados por dos magníficos actores del grupo Jara y haber sido sus diálogos escritos con una autenticidad sólo capaz por la implicación emocional del autor. El padre bonachón, acomodaticio a los malhumores de su esposa, satisfecho por haber alcanzado la meta en su vida de ser propietario de un olivar, y la madre… tan arquetípica, tan real, tan como son nuestras madres. 
 
El éxito de los pequeños cuadros costumbristas protagonizados por la familia zoleja le debe un pago fundamental al vocabulario empleado, que ha supuesto un meritorio ejercicio de investigación y recuperación de términos hoy ya en su mayoría prácticamente en desuso y que sin embargo todavía reconocemos gozosamente al escucharlos de nuevo, al cabo de los tiempos: acarear, alicantrinas, cacilba, dioseque, frangollo, joeca, pugiede, raspajilando, vericotales y tantas otras palabras que forman un diccionario de ausencias que los organizadores tuvieron el buen acuerdo de entregar previamente a los asistentes, para ir abriendo boca.

De la música y los bailes de esta función baste decir que significan la consagración definitiva del grupo La Faneguería, si es que la necesitaban. Su docena de jotas (con una significativa colaboración de Aliara) ofrecen un muestrario maravilloso del rico folklore comarcal, principalmente olivarero. La inclusión de la representación de un Coloquio (teatro dentro del teatro) da ocasión de recuperar también algunos villancicos (pero hete aquí que en Los Pedroches hasta los villancicos son jotas) y la ceremonia final permite introducir como colofón la jota de boda de Añora, una rareza en nuestras tierras y feliz hallazgo más de esa mina inagotable que es la música tradicional de esta tierra fragosa. El conjunto del espectáculo constituye el retrato sentimental de una época que sin pena hemos visto morir ante nuestros ojos. Cuando –en un genial recurso de guión- escuchamos a Pablo Castro enviando comunicados a la sierra desde La Voz de Los Pedroches, surge un murmullo de afirmación entre el público cómplice, que reconoce la significación del momento y se identifica con él. El público es un elemento consustancial en esta función, porque la mayoría de la gente acude allí a ver y a sentir su fotografía, a revivir sus propias vivencias, las suyas propias o las que le han contado, que forman parte de la experiencia vital de varias generaciones de serranos aún suficientemente comprometidos.

El esfuerzo de La Faneguería, del grupo Jara, de Juan Bosco Castilla, las direcciones de Luis Lepe, de María Luisa Sánchez y de Miguel Angel Cabrera y las colaboraciones de muchos otros entusiastas tienen, así, un doble mérito: el de haber construido un espectáculo completo que satisface incluso a los más exigentes y el haber rescatado para las nuevas generaciones la memoria de la sierra, esos otros Pedroches con los que estamos permanentemente en deuda.

 Texto de Antonio Merino. http://solienses.blogspot.com.es/

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